Encarando el futuro echando la vista atrás

El tiempo pasa, amigos y amigas, y sin darnos apenas cuenta. Parece que fue ayer que veíamos a un señor cordobés de 2’04m recibiendo de manos del Rey de España el trofeo que llevábamos veinte años deseando ganar y, en un parpadeo, aquí estamos, dos años después, a las puertas de volver a luchar por ese mismo título.

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17 de mayo de 2015. Madrid. Día de muchos nervios, tensión, pero a la vez de entusiasmo y anhelo. A nuestras espaldas, veinte años de sequía europea y dos finales recientes, frustradas, que habían dejado muy mal sabor de boca. Frente a nosotros, un Olympiacos capitaneado por una leyenda del baloncesto del Viejo Continente, un tipo que puede estar sin anotar 35 minutos y liártela en apenas 5. No está sólo, evidentemente, pues un único jugador, por muy bueno que sea, no puede tirar del carro sin ayuda.

Se lanza el balón al aire y así dan comienzo los 40 minutos de baloncesto más largos que muchos hayamos tenido la “suerte” de disfrutar. En la cancha pasa de todo, bueno y malo, pero no estamos aquí para hacer otra crónica del encuentro. Avanzamos al minuto 40. Por fin, el árbitro anuncia el final del encuentro, y Europa se tiñe de blanco. El Real Madrid se instala de nuevo en el trono.

Los que tuvimos que contentarnos con ver el encuentro desde nuestras casas despertamos/molestamos a los vecinos cuyo interés baloncestístico es nulo (pobrecitos ellos) con gritos de alegría, saltos de emoción y alguna que otra lagrimilla. Aquellos afortunados que pudieron ser testigos presenciales de la gesta (y yo me sé de uno), tienen una reacción similar, con el agravante de poder vivirlo en vivo y en directo, compartiendo el momento con más personas afines a la causa.

Bonitos recuerdos, ¿verdad? Puede que muchos hayamos olvidado qué sucedió realmente en la cancha, cuántos puntos metió Carroll, cuántos rebotes capturó Felipe o cuántas broncas tuvo el Chapu con los árbitros. Eso, en el fondo, es lo de menos. Lo que no olvidaremos nunca es la sensación de sabernos ganadores, la emoción de haber logrado por fin el trofeo más ansiado, el orgullo de tener a un equipo técnico histórico sudando la camiseta. Un estadio lleno a rebosar de aficionados turcos, griegos y rusos, siendo los dos primeros conjuntos los más ruidosos. Sin embargo, en esos momentos de júbilo lo único que se oía eran los gritos de los españoles, de los madridistas, en un eco sin fin.

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Y aquí estamos otra vez, a poco más de 48 horas de disputar una nueva Final Four. Y digo nueva porque este año es en otro sitio, porque los emparejamientos son calcados a los de aquel 2015. Fenerbahçe nos tiene muchas ganas. Juegan en casa y se saben favoritos. Gozan de una leyenda de los banquillos a los mandos de la nave. Tienen jugadores buenos, muy buenos. Quieren que la historia no vuelva a repetirse.

Nosotros también les tenemos ganas. Nos eliminaron en playoff el año pasado en un 3-0 letal. Queremos el trofeo, quizá tanto o más que en 2015. Ya sabemos lo que se siente, y queremos volver a gozar esa sensación. Es la última gran competición europea de Nocioni. La primera gran oportunidad de Randolph de alzarse con el título. Motivación y ganas nos sobran. Sabemos lo que nos espera y lo que nos estamos jugando. Estamos preparados.

Nuestros chicos vuelan ya hacia Estambul. Y nosotros, los aficionados, no podemos hacer más que sentarnos y esperar. El espectáculo merecerá la pena, seguro.

¡Corre, maldito reloj!

 

 

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