Creed, uníos, y seréis héroes

Finiquitada la temporada 2017/2018, toca hacer balance. De las tres finales disputadas este año (Copa del Rey, Final Four y ACB), se han conseguido dos títulos. Un doblete histórico que, después de las muchas dificultades, sabe todavía más dulce.

Menudo añito hemos tenido. Si no nos han pasado más cosas, es porque ya no era humanamente posible. Lo de las lesiones, por ejemplo, ha sido casi cosa de chiste (aunque en el momento no nos hizo ni pizca de gracia). Por la enfermería del Real Madrid ha pasado más gente que por el metro de Tokio en hora punta. Excepto Jaycee y Felipe, no ha habido jugador que no haya tenido que recurrir a los servicios médicos. La cosa llegó a tal punto que, cada vez que conocíamos una nueva lesión, nos echábamos a reír, por no llorar. O nos daba por mirar en google formas de quitar el mal de ojo.

Sin embargo, y como se suele decir: “agua pasada no mueve molino”. La temporada ha terminado y, sinceramente, no podíamos haber pedido un año mejor. Campeones de Europa y de Liga. Un mes de diferencia entre ambas hazañas. Con nuestro mejor jugador parado durante 8 meses. Con incorporaciones a media temporada. Con la salida de Maciulis. Con Thompkins en EEUU durante semanas. Con mil y un viajes. Con un capitán con 38 años recién cumplidos. Con un genio adolescente como líder. Y con un entrenador que tiene que soportar crítica tras crítica para demostrar, una vez más, que es el indicado para llevar las riendas de este equipo. Lo mires por donde lo mires, el mérito de lo que han hecho es brutal.

¿Cuál fue el punto de inflexión de la temporada? Para mí (y para muchos), se produjo tras el primer partido en el OAKA durante la eliminatoria frente a Panathinaikos. Aquella derrota, durísima, podría haber hundido en la miseria a cualquiera. Por suerte, el Real Madrid no es de esos. Los blancos cerraron filas. Se sobrepusieron a las lesiones, el ambiente en contra y a todas las demás dificultades y resurgieron de sus cenizas cual ave Fénix. El regreso de Llull, tan esperado, tan anhelado, fue el empujón definitivo. El menorquín trajo consigo un soplo de aire fresco, una ráfaga de optimismo que inundó de una energía nueva a sus compañeros. Unidos, creyendo en ellos mismos, dieron la vuelta a la situación. Ganaron la Euroliga. Y, de la misma manera, acaban de ganar la Liga Endesa.

Porque ése es el verdadero secreto del Real Madrid. La unión. La aceptación de roles. Un equipo repleto de estrellas que aceptan que no están ahí para lucirse en solitario, sino que deben ser generosos y jugar para el equipo, aunque eso suponga no jugar todos los minutos que se quisiera. Pablo Laso ha vuelto a demostrar que sabe llevar el vestuario. Todos aportan, ya sea en mayor o en menor medida. Todos conocen y asumen el papel que deben llevar a cabo. Creen en lo que hacen. Están unidos dentro y fuera de la pista. Y es eso, precisamente eso, lo que los ha llevado a ser héroes.

Unos héroes liderados por la columna vertebral que forman Felipe Reyes, Sergio Llull, Jaycee Carroll y Rudy Fernández. Cuatro jugadores, a cada cual más increíble, encargados de mantener el equipo unido y de ayudar a los nuevos a adaptarse. Felipe y Llull, capitanes, dos ídolos del madridismo, forman el alma y el corazón de la sección. Carroll, con su sonrisa bonachona y su muñeca letal, enamorando a propios y extraños. Y Rudy, descansado, renacido, callando a los haters que aseguraban que estaba acabado. A ellos se les unió Luka Doncic, el niño maravilla que llegó a Madrid con 13 añitos y que se marcha a los 19 como uno de los mejores jugadores de Europa y habiendo ganado todos los títulos posibles. Facundo Campazzo, que ha vuelto para quedarse y marcar diferencias. Santi Yusta y Dino Radoncic, orgullosos canteranos que han dado (y darán) grandes momentos. Trey Thompkins, que ha vivido el año más duro de su vida pero, aún así, nos ha llevado a la victoria. Jeffery Taylor, imprescindible en defensa. Fabien Causeur, héroe de la Décima y un valor de futuro. Gustavo Ayón, sabiendo sobreponerse a sus lesiones para sumar siempre positivamente en momentos clave. Ognjen Kuzmic, que sin apenas poder jugar, se ha integrado a la perfección y dará lo mejor de sí el año que viene. Edy Tavares, fichaje inesperado que nos ha dado más de lo que podíamos esperar. Anthony Randolph, de más a menos, pero siempre profesional y sereno. Chasson Randle, discreto pero cumplidor. Y sin olvidarnos de Jonas Maciulis, que pese a su despedida, siempre será uno de los nuestros.

Quien nos hubiera dicho, allá por el mes de diciembre, con media plantilla lesionada, que íbamos a terminar el año de esta forma, ¿verdad? Estoy segura de que, con el tiempo, valoraremos aún más esta época dorada que estamos viviendo.

Ahora, con unas más que merecidas vacaciones, nuestros jugadores ponen rumbo a sus respectivos lugares de origen para desconectar y descansar. Nosotros, los aficionados que siempre estamos a su lado, intentaremos ser pacientes y esperar que los meses pasen pronto para volver a disfrutar de ellos.

Y es que el baloncesto, más que un deporte, es una maravillosa adicción.

Fuente imágenes: ACB Photo / A. Arrizabalaga

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